La Anciana del Pilar

Autor: Marciel G

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Hay historias de miedo que nacen de un mito de construcción: el sacrificio de un vivo dentro del pilar para que la obra no colapse. Este relato de pueblo ocurre en una carretera en obras, cuando un joven velador de dieciocho años escucha un grito desgarrador y descubre que el ingeniero ordenó vaciar concreto sobre una persona todavía atrapada en el hoyo. Una leyenda urbana sobre almas que quedan atrapadas entre el cemento y la indiferencia de un sistema que prefiere no ver. Si En aquel árbol te heló con su mujer colgada, esta anciana del pilar te va a perseguir mucho después de cerrar la página.

 (Elixir de Miedo)

Hace mucho tiempo, cuando apenas tenía dieciocho años, conseguí un trabajo en la construcción de carreteras. Finalmente podría ayudar a mis padres, aunque eso significaba separarme de casa. Todo marchaba bien hasta que un día, en medio de la monotonía, me ofrecieron un trabajo extra. El velador no había llegado. Con ingenuidad juvenil, acepté.

Aquella noche fue normal. Solo el canto de los grillos interrumpía el silencio. El velador nunca volvió. Así que seguí supliéndolo. El viernes, la atmósfera cambió. Escuché voces, un grupo de trabajadores se acercaba. Al principio, no les di importancia, hasta que un grito desgarrador rompió la calma. Provenía de donde estaban ellos. El corazón me dio un vuelco y, sin saber por qué, me acerqué.

“¡Alguien cayó al hoyo!”, gritaban, pálidos y temerosos.

Me asomé al abismo que habían cavado para los pilares del puente. Mi estómago se revolvió al ver lo que había ocurrido. La escena era grotesca: el ingeniero, un ser sin escrúpulos, ordenó vaciar la mezcla de concreto. No podía creer lo que escuchaba.

“Es más barato así”, dijo, como si se tratara de un mero trámite administrativo.

La locura se desató en mi mente: estaban llenando el pilar con la persona aún atrapada en su interior. La noche se volvió un oscuro laberinto de horror y silencio.

Al día siguiente, compartí lo sucedido con algunos compañeros. La reacción fue fría, como si temieran que las palabras salieran volando como un ave de mal agüero.

“Mejor calla”, me dijeron.

A pesar del miedo, continué trabajando, intentando olvidar la pesadilla que había vivido.

Pero un día, mientras caminaba sobre el asfalto recién colocado, la vi: una anciana, sola en un lugar donde solo había hombres. Mi curiosidad me empujó a seguirla, preguntándome qué hacía allí. Cuando estaba a punto de alcanzarla, desapareció en el aire helado al llegar al pilar de un puente. Un escalofrío recorrió mi espalda; el terror se apoderó de mí y corrí a mi refugio.

Desde entonces, no hubo paz. La anciana volvió a aparecer, esta vez se quedó, inmóvil, mirándome con unos ojos hundidos en la desesperación. Me acercaba temblando, el corazón latiendo a mil por hora. Fue entonces cuando emitió un susurro desgarrador:

“Ayúdame, no me dejes aquí”.

Sus palabras retumbaban en mi mente, una y otra vez. Regresé al campamento, incapaz de soportar su súplica.

Les conté a los demás. Uno de ellos sacó un cartel.

“¿Será esta la mujer?”, preguntó.

La imagen era idéntica. Había desaparecido meses antes, una indigente que solía dormir bajo un quiosco. Todos la habían visto. Y, llenos de horror, mencionaron que ella era una víctima de esta maldad, condenada a vagar eternamente por la indiferencia de quienes la rodeaban.

La conversación giró hacia un antiguo mito que siempre había rodeado las construcciones: el sacrificio de personas enterradas en los pilares de cemento. Se decía que esos sacrificios aseguraban que la edificación no colapsara, que los espíritus de las víctimas protegerían la obra. Esa idea era repugnante, una mezcla de miedo y respeto hacia lo desconocido.

No soporté más tiempo en esa compañía. Regresé a casa, con el alma en pena, pensando en aquellos que sufren sin descanso. Era joven, pero el miedo me había hecho huir. Lamenté no haberla ayudado, pero ¿quién podría enfrentar a las sombras que se esconden tras la crueldad de un sistema indiferente?

Y en el fondo, una idea aterradora se asentó en mi ser: tal vez, bajo esos puentes que creíamos seguros, las almas de los sacrificios clamaban en silencio, atrapadas entre el concreto y la indiferencia de un mundo que olvidó su sufrimiento.

El velador huyó del campamento, pero la anciana se quedó con él para siempre. 

Anciana aparecida junto al pilar de un puente en construcción, leyenda de sacrificio humano en obras


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