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La ofrenda de Hera

Historia enviada por: Lobo Lobo Lobo

Adaptación: Marciel G. — Elixir de Miedo

𝕮uentan los abuelos que había una mujer en el pueblo que, tras un trágico accidente, perdió a sus padres. Desde ese momento, se sumió en la locura. Era una hija única, y el dolor la consumía. Los vecinos hablaban entre susurros sobre cómo siempre, al pasar por la casa donde vivió con ellos, se podía escuchar su voz. Decían que hablaba con sus padres, aunque estos ya no estaban.

𝕾e la veía deambular por el pueblo, vestida con ropas sucias, el cabello enredado, recolectando flores marchitas del suelo. Siempre parecía hablar sola, respondiendo a órdenes invisibles. «Hera, ve a recoger flores», repetía una y otra vez, como si los ecos de su infancia la guiaran.

𝕬 pesar de que los vecinos intentaban ayudarla, ofreciéndole comida y ropa, ella nunca las usaba. Las flores y el retrato de sus padres colgado en su pecho eran su único tesoro. Con el tiempo, se acercó el Día de Muertos, y su ausencia comenzó a preocupar a todos. Nadie la veía y, en el pueblo, la inquietud creció.

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𝕱inalmente, decidieron buscarla. Cuando llegaron a su casa, lo que encontraron los dejó paralizados. Una mujer de espaldas, bien arreglada, estaba limpiando. Con nerviosismo, se acercaron. «¿Sabes algo de la joven que vivía aquí?», le preguntaron. Al volverse, vieron que era ella, la que había perdido a sus padres hacía un año.

𝕷os vecinos no podían creerlo. «¿Cómo es que estás así?», le preguntaron. «Quiero que mis padres vean la casa limpia cuando vengan mañana», dijo ella, con una risa inquietante que retumbó en el aire. Aún recordaba que cada vez que venían, encontraban todo sucio, así que se empeñó en dejarlo todo impecable.

𝕷os vecinos, algo perturbados, decidieron seguirle la corriente. Le preguntaron si ya había puesto su ofrenda, pero ella bajó la mirada y admitió que aún no había podido, que solo podía ofrecer un vaso de agua y algunas flores. Entonces, los vecinos le dijeron que la ayudarían, y su felicidad fue evidente.

𝕸ientras algunos armaban el arco de flores de cempasúchil, otros la llevaron a preparar tamales. A medida que avanzaba la tarde, la ofrenda estaba lista. Antes de que se marcharan, insistieron en que no la dejaran sola, pues sería la primera vez que estaría en casa sin sus padres. Pero ella, con una confianza inquietante, les dijo que no se preocuparan, que estaría bien.

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𝕬l caer la noche, algunos vecinos decidieron quedarse a vigilarla, ocultándose para observar. Desde su escondite, vieron a la joven moverse inquieta, limpiando y arreglándose, hasta que, de repente, desapareció de su vista. La inquietud se apoderó de los que se quedaron.

𝕰ran casi las doce de la noche cuando un fuerte golpe resonó en la puerta. La joven salió corriendo para abrirla, y los vecinos, asomándose, vieron que estaba sentada a la mesa, con una bandeja de tamales. Comenzó a hablar con alguien. «¡Papás, coman! ¡He hecho tamales!», decía, riendo. Pero no había nadie más allí.

𝕰l miedo se instaló en ellos, y decidieron huir de la casa. Al amanecer, armados de valor, regresaron. Al entrar, encontraron los tamales aún humeantes en la mesa y tres tazas de atole llenas. Sintiéndose cada vez más inquietos, se dirigieron a la habitación. Allí, la encontraron tendida en la cama, con una sonrisa en los labios, pero muerta.

𝕮omprendieron, aterrorizados, que sus padres habían venido a buscarla. Ya no habría más soledad ni sufrimiento. La joven había encontrado la paz que tanto anhelaba, y el pueblo nunca olvidaría su trágica historia.                                                                                                                           

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La ofrenda en dia de muertos